El problema nunca es el problema
Llevo meses analizando esta frase y me ha dado una claridad tal que quiero compartirla contigo a través de esta historia que hubiera deseado nunca protagonizar.
Era el lanzamiento de la nueva cafetera de Dolce Gusto.
La cita era en el Museo de Arte Popular (MAP), en el Centro Histórico –e histérico– de la Ciudad de México.
Afortunadamente llegué muy a tiempo para la presentación de la cafetera Alebrije Oaxaca, que estaba decorada con el dibujo de unos artesanos.
Después del momento estelar, cuando hubo oportunidad de tomarme foto con ellos (Jacobo y María Ángela), corrí rápidamente a mi bolsa pues yo tengo dos celulares: el iPhone para la vida y el Huawei P30 para las fotos. Este último tuve la fortuna de que lo regalaran hace unos años cuando le hice una reseña y de verdad la cámara no tiene mamá, toma unos fotos espectaculares, sensacionales y lo que le sigue.
La cosa es que al llegar a mi bolsa, me percaté (palabra dominguera del día de hoy jijijiji) que no estaba el Huawei. Lo busqué desesperadamente y nada. Me empezó a latir el corazón más rápido. “Tiene que estar, tiene que estar, por favor Diosito, tiene que estar”.
Diosito así:
Con mucho tiento (osea con mucho tacto según yo), me acerqué a la chica de Relaciones Públicas, comúnmente llamada PR (pi-ar en inglés), y le dije que no encontraba mi celular. “Hijole, Bianca, qué pena. Déjame avisarle a los de seguridad para ver qué podemos hacer”.
Minutos más tarde fuimos a las cámaras del Museo para ver quién había osado hurtar mi aparato y TEEEEEPICO: mi bolsa estaba en el punto ciego. Literal en el único lugar de todo el patio que no se alcanzaba a ver. Entonces sólo veíamos piernas y brazos cerca, pero la bolsa nunca salió a cuadro.
“No te preocupes, Bianca. Ese celular lo vamos a encontrar a como dé lugar”, me dijo la gerente de Marketing de Nestlé.
Tengo entendido que le llamaron a todos los meseros para ver si traían en su uniforme un celular escondido y que a algunos incluso les revisaron sus mochilas.
Nada.
El celular seguía sin aparecer, y si bien se pudo hacer eso con el personal de servicio, iba a estar muy cañón, por no decir imposible, hacerle eso a los 180 invitados.
“Lo vamos a arreglar, Bianca, discúlpanos”, me dijo la gerente.
Yo cuando me dijo eso, pensé para mis adentros: “Estos de Nestlé son capaces de comprarme el mismo celular y qué oso”. Entonces le respondí: “Ni modo, a veces pasan cosas que uno no quisiera que pasaran; lo bueno que aquí no se ha muerto nadie, así que nada de flores o chocolates, aquí no hace falta mañana andar mandando regalos”.
Según yo había quedado muy claro ese punto…
… pero no.
¡TRÁGAME, TIERRA!
Cuando iba en el Uber de regreso a mi casa, me llamó mi mama:
– ¿Qué pasó, dónde andas?
– En el Uber
– ¿A dónde vas?
– A mi casa
– ¿A tu casa?
– Sí, a mi casa
– ¿No vas a venir por tu celular?
El corazón se me fue al piso.
– ¡¿Por mi qué?!
– Aquí está un teléfono cargando, yo creo que es tuyo, ¿no?
– Ay, no me digas que lo dejé ahí
– ¿Como que no te diga?
– Fui a un evento y pensé que se lo habían robado
– (Regaños, gritos y sombrerazos de mi mamá)
– Pues ni modo, la verdad me da el peor oso llamarle al PR y decirle “ay, usted disculpe, lo dejé en casa de mi mamá”. Prefiero que crean que se perdió. Ni modo.
“Diosito, plis que no me compren nada, plis que no me repongan nada”.
A las 10 am tocaron el timbre y era el mensajero de Makken con un Huawei; no el P30, pero sí un Mate 8.
Me quería morir.
Le hablé a la PR y le pedí el dato de la persona de Nestlé, me metí a una página de flores, pedí unas bien padres y al final yo personalmente fui a dejarlas porque el edificio de Nestlé tiene la seguridad más ridícula de este país. Pareciera que todos traemos una bomba, así que no te dejan pasar y no te reciben nada. Así de payasos.
Al cabo de 2 horas lo logré y una persona del equipo de Marketing me recibió las flores.
Como yo tenía mi Huawei que amo, el Mate 8 lo regalé.
Makken me bloqueó de todos los eventos.
Siempre me he preguntado si se dieron cuenta que lo había encontrado (porque a veces sale en mis stories de Instagram); me ha pesado en el alma este bloqueo porque llevaban la cuenta de Sephora y desde este incidente nunca más fui requerida, ni al Hot Now ni a nada que ellos organicen. ¡Buh!
ENTRE OPINIONES Y CONSEJOS
Unos meses después, en algún evento de algo, platiqué esta anécdota visiblemente apenada.
“Ay, qué bárbara”, me dijo cierta persona que honestamente no recuerdo, así que ni siquiera le puedo cambiar el nombre porque qué tal que le atino. Ya me pasó una vez y me sacaron de un chat por ello, así que dejémoslo en “una persona”.
“Ay, qué bárbara”, me dijo, “y aguas, ¿eh? Porque como por tu culpa humillaron a los meseros, esa vibra se te va a regresar”.
No le contesté nada, pero mi kabbalista interna le quería decir: “Mira, NUNCA fue mi intención humillar a nadie. En ese momento AUTÉNTICAMENTE creí que me lo habían robado, entonces no entiendo por qué se me tendría que regresar algo que yo conscientemente no cree”.
Y aunque no le creí, me molestó su comentario porque soy la persona con menos de ganas de humillar a la gente que conozco. La neta el 80% de las veces soy una muy linda y hermosa persona (a veces un poco modesta jijiji).
Cuando le conté a mi papá –ese hombre tan sabio, que extraño tanto– me dijo: “Mira, hija, cuando te roben las cosas, piensa que más bien cambiaron de dueño. Y mi recomendación es que no señales a nadie si no tienes la absoluta certeza de que fue esa persona, lo cual sólo será posible si está grabado en una cámara o algo así. Porque por más que estés 99% segura que alguien te robó algo, ese 1% que te falta de certeza es suficiente para dudar. Y ante la duda, no hay duda, no se te olvide. Entonces no puedes denunciar o quemar a alguien de quien tienes dudas si realmente hizo lo que tú crees que hizo. Ya para terminar, pues nada más acuérdate que todo se regresa y que al final de la vida no nos vamos a llevar nada. Así que dale para adelante. Ya no te aflijas, así se aprende. ¿Te salió caro? Pues un poco, pero siempre puede ser peor. Así que agradece que no te fue peor. Quédate con eso”.
ADIÓS, OMEGA
¿Por qué te cuento todo esto?
Porque hace dos meses dejé mi recámara abierta para que la señora del servicio la limpiara; yo no iba a estar, pero tenía toda mi confianza. ¿Por qué? Pues yo más bien diría, ¿por qué no? Osea yo más bien confío primero y ya cuando me hacen algo, pues ya aprendo que equis o ye persona no son de fiar. Pero de entrada confío.
Ese día iba caminando cuando pensé “Ay, qué tranquilidad no tener nada de extremo valor porque me puedo permitir estas libertades de no estar mientras ella limpia”.
El Omega.
Mi mente brincó al reloj Omega que me había dado mi papá en mi cumpleaños número 15.
Llegando a mi casa, burramente, ahora lo sé, agarré el Omega, lo guardé en una bolsita transparente donde guardo mis cuarzos y lo puse súper a la vista.
“Quiero siempre ver mi reloj. Quiero siempre saber que está. Quiero siempre que, llegando a mi recámara, vea el reloj que con tanto cariño me regaló mi papá. Así sabré que está a salvo y que esta señora no me lo ha robado” (porque al 80% de la gente que conozco, las señoras o chicas de la limpieza les han robado algo).
Y bueno... si hay una frase que he comprobado una y otra y otra y otra vez es esta: LA OCASIÓN HACE AL LADRÓN.
No pasaron ni dos semanas de esa idiotez cuando llegué a mi recámara y no vi el Omega. “Ah, chinga’, ¿dónde quedó?”. Y en lugar de correr a avisarle a mi casera, que sería la jefa de esta persona, e investigar qué onda, me quedé callada.
“Seguro está por ahí, no me voy a agobiar, seguro lo voy a encontrar. Tengo un desmadre de cosas, entonces seguro por ahí anda y nomás es que ahorita no lo veo”.
Han pasado dos meses de eso.
Hoy en la mañana escuché a mi papá, entre sueños, decirme: “Ay, Bianca, no te mides. ¡HABLA!, pregúntale a la señora del servicio si lo vio, si lo agarró. Dile a tu casera, a lo mejor a ella también se le desapareció algo; HABLA”.
A las 8 am le mandé un mensaje de voz a la señora de la limpieza diciéndole que no encontraba el reloj y blah blah blah. Luego bajé con mi casera y cuando le pregunté cuándo vendría (la señora), me dijo: “Ya no va a regresar, me llamó hace dos semanas que se lastimó o algo así, y que ya no va a regresar”.
Le conté del Omega y me puse a llorar.
Pa’ colmo me regañó y me dijo que yo por burra que lo dejé a la vista; que como todos bien sabemos, la ocasión hace al ladrón.
Hoy fue la primera vez en dos meses que perder el Omega de mi papá se convertía en una realidad; había estado en negación, pero hoy me cayó el 20.
Desapareció el reloj que tanto quería, no por la marca, sino porque era regalo de mi papá. Y aunque me comprara otro, nunca sería el mismo.
EL PROBLEMA NUNCA ES EL PROBLEMA
Mucha gente (como mi casera) me preguntan: “¿Por qué no dijiste nada, por qué te callaste dos meses, por qué no abriste la boca cuando viste que no estaba?”.
OK, aquí va la respuesta:
No lo hice porque no quería señalar a alguien que no me consta que se lo robó. Sí, creo 99% que fue ella, pero no me consta porque no tengo cámaras en mi recámara. Y por ese chingado 1% no puedo asegurar que fue ella y tratarla como criminal. Porque eso me enseñó mi papá y la última vez que hice lo contrario, las cosas no salieron muy bien que digamos.
Entonces el problema (quedarme callada) no es el problema.
El problema es que tengo que superar el error de aquella noche del Huawei, tengo que perdonarme el hecho de que me hayan regalado un teléfono cuando en realidad no había perdido el mío, sino que lo había dejado en casa de mi mamá. Tengo que dejar ir el hecho de que “por mi culpa” esculcaron a los meseros y los humillaron en su lugar de trabajo. Tengo que aceptar que, aunque ese error me ha costado caro (Makken y Nestlé me bloquearon de sus vidas), no lo hice a propósito ni por gandalla para estrenar celular.
Y cuando eso suceda, cuando yo me perdone, entonces voy a actuar rápidamente cuando noté que algo me falta, que algo que yo tenía en cierto lugar ya no está.
Este post larguísimo es porque quiero que tengas esta frase muy en cuenta en tus próximos encuentros “rudos” con otras personas porque, por ejemplo, puede ser que el problema con el cuate del Starbucks que te atendió con una jeta no es porque es un pésimo empleado que odia su trabajo, sino que anoche alguien envenenó a su perro y no le dio tiempo ni de enterrarlo ni de llorarlo porque tuvo que salir a trabajar a las 5 am.
Puede ser que el problema de que el chófer del Metrobus se tarde tanto en el baño no es porque “pinch1 viejo inconsciente, ¡qué no ve que ya quiero llegar a mi casa!”, sino porque anoche llevó a sus hijos a cenar unos tacos y le cayeron pesados, pero como se acaba de divorciar, era eso o cenar aire…
Puede ser que la maestra de yoga que hoy no está haciendo las posturas en realidad no es “una huevona”, sino que le está bajando y trae unos cólicos de miedo, pero no quiso cancelar la clase porque sabe que muchos alumnos vienen de lejos.
OTRO EJEMPLO RECIENTE
Hoy tuvimos curso en el Senado y un guardia no nos quería dejar pasar porque “no había etiquetas” (unas que te dan cuando entras). Al final insistimos, presionamos y (amablemente) amenazamos tanto que no le quedó de otra más que permitirnos el ingreso.
En la realidad todas lo alucinamos como por 20 minutos porque en teoría el problema era que no había etiquetas.
Te imaginas un mundo donde ya sea que él dijera o nosotros le preguntáramos: “¿Qué te está haciendo actuar de esta manera?” y entonces nos contestara: “No hay etiquetas y la última vez que dejé pasar a dos personas sin etiqueta casi me despiden. Este mes he cometido otros dos errores y mi jefe me tiene amenazado. Dice que uno más y me voy, y yo necesito este trabajo, y además me gusta, así que con la pena, no las voy a dejar pasar hasta que lleguen las etiquetas”.
Yo te aseguro que si supiéramos esto, ¡hasta estaríamos de lado del señor! Ya me veo yo diciendo: “Ey, jefe de este hombre de seguridad que amaneció tan guapo el día de hoy, tráigale las etiquetas porque él está cuidando su trabajo y nosotras no queremos ser las causantes de su despido porque resulta que tiene cinco bocas que alimentar en casa”.
En cambio, como lo único que recibimos es un problema (“No van a pasar”), lo vemos feo, por decir lo menos (la verdad es que de "traumado en sus 5 minutos de poder", "viejo nefasto" no lo bajamos jijijiji).
Este post lo escribo para ti y para mí, para que nunca se me olvide que EL PROBLEMA NUNCA ES EL PROBLEMA. Y que por esta razón deberíamos ser más comprensivos, pacientes y empáticos con los demás. SIEMPRE o al menos la mayoría de las ocasiones.
Nunca sabemos qué lucha están enfrentando internamente.
























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